Eloísa Beltrán habla rápido y sin rodeos. Psicóloga social, musicoterapeuta y música de conservatorio, es la delegada en Castilla-La Mancha de Chrysallis, la asociación de familias de menores trans. Durante años fue una aliada del colectivo; se volvió activista el día en que su hijo menor, M un chico no binario, le pidió en plena pandemia que lo llamara por su nombre. Tenía 15 años. Su hermano mayor, un chico cis (es decir, aquel cuya identidad de género coincide con el sexo asignado al nacer), lo aceptó sin titubear. A las puertas del Día del Orgullo, que se conmemora este domingo, Beltrán reivindica la escucha, denuncia las barreras que el colectivo aún afronta y reclama que la fecha no pierda su carácter combativo.
Llega el Día del Orgullo. ¿Cómo lo afronta una madre que acabó convertida en activista?
Siempre fui sensible a las causas de los más vulnerables, pero me volví activa el día en que mi hijo M, aún adolescente, nos pidió que lo llamáramos por su nombre. Desde entonces sé que el Orgullo no es una fiesta, sino una reivindicación. Se conmemora la revuelta de Stonewall, hace más de medio siglo, cuando el colectivo se plantó frente a la represión policial. Por eso me duele que aquí se reduzca a una marcha a media tarde.
¿Cómo recuerda el momento en que M le dijo quién era?
Fue en pleno confinamiento. Estábamos los dos tumbados, riéndonos, y me soltó que era un chico y que quería que lo llamara así. Lo tenía clarísimo desde los 12 años, aunque hasta entonces no había encontrado el momento ni la calma para decirlo. Mi primera reacción no fue dudar, sino preguntarle cómo quería que lo nombráramos. A su padre le costaba pronunciar el nombre que él había elegido, así que entré al salón y lo presenté con un chiste: «Tenemos chico nuevo en casa». Su hermano contestó: «Pues guay». Estaba cantado.
Su hijo mayor es un chico ‘cis’. ¿Qué significa para quien no maneje el término?
Cis o cisgénero es lo contrario de trans: alguien cuya identidad de género coincide con el sexo que le asignaron al nacer. Mi hijo mayor es cis y heterosexual, y aceptó a su hermano sin un solo problema. Pero no siempre ocurre: conozco a chicos de 23 años a los que su propia familia echa de casa. Y no son hogares cerrados, son familias progresistas que se bloquean en cuanto el asunto toca a sus criaturas.
Otro término que despista es ‘cispassing’. ¿A qué alude?
El ‘passing’ o ‘cispassing’ es que una persona trans sea percibida socialmente como cisgénero, que su aspecto «pase» sin levantar miradas. Puede implicar hormonas o cirugías, pero no todas lo desean ni lo necesitan. El abanico es enorme: ahí están las personas no binarias, las grandes desconocidas, ni hombre ni mujer, un tercer género que existe desde hace siglos en muchas culturas. Son, por así decirlo, el patito feo incluso dentro del propio colectivo, y por eso necesitan espacio y respeto. Conviene no mezclar tres cosas: la identidad, que es lo que uno es; la expresión, que es cómo te ven; y la orientación, que es a quién amas.
¿Qué barreras encuentran todavía en la sanidad?
En Castilla-La Mancha tenemos cierta suerte. La unidad de género está en Cuenca y el equipo de endocrinología de Albacete, con tres endocrinas al frente, funciona muy bien. Pero hay agravios: la masculinización del torso está cubierta y la feminización, no, con el argumento de que no se ponen mamas, aunque sí se quitan. Esa lógica deja fuera a muchas mujeres trans. Y seguimos sin un protocolo sanitario estatal: lo redactamos con el Ministerio, pero no existe desde 2023.
¿Y en la escuela y el deporte?
Ahí queda casi todo por hacer, empezando por el acoso, que sufren prácticamente todas las personas trans. El nombre sentido no figura en la aplicación escolar salvo que lo decida el equipo directivo; dependemos del buenismo del profesorado. Conozco a quien aguanta más de 12 horas sin ir al baño por miedo a una paliza. Mi propio hijo dejó el deporte porque los vestuarios no estaban adaptados. Y hay casos como el de una niña trans federada en Caudete, obligada a competir con bañador de chico. Eso también es educación.
Repite que, en el fondo, quien transiciona es la familia. ¿Por qué?
Porque la criatura ya ha transicionado: hace tiempo que sabe quién es. La que debe transicionar es la familia entera, abuelos y tíos incluidos. El mayor regalo que puedes hacerle es subirte a ese carro. Si no, el riesgo es enorme: hay mucho sufrimiento y, conviene decirlo sin rodeos, ideación suicida e intentos autolíticos. Por eso insisto: cada familia que acompaña a un menor es un menor que no acaba en la calle. Lo esencial es escuchar, escuchar y escuchar, sin juzgar.
¿Qué le diría a una familia que acaba de descubrirlo y no sabe por dónde empezar?
Que no está sola. En Chrysallis somos muchas familias que hemos pasado por lo mismo; funcionamos por internet, de forma voluntaria, y acompañamos en lo escolar, lo sanitario, lo legal y lo emocional. Y que se quite de la cabeza la idea, muy interesada, de que las familias empujamos a alguien a hormonarse o a operarse. Es justo al revés: escuchamos y respetamos los tiempos de cada criatura. Hay quien no se hormona nunca. Cada persona decide qué hacer con su cuerpo, o qué no hacer.
¿Con qué mensaje se queda de cara a este domingo?
Con miedo y esperanza a partes iguales. Miedo a que un giro político nos arrebate derechos, como ya ha ocurrido fuera: hemos visto cómo, de un día para otro, se anulan nombres sentidos y se rectifican pasaportes. Esperanza en la gente joven y en quienes deciden ser aliados. Esto no va de colores políticos: va de derechos humanos, y en medio mundo se los saltan. Lo que no se nombra no existe, así que pido un Orgullo que nombre a todas las personas, también a las no binarias, y que se cumpla de una vez la ley trans. A las familias que empiezan, una sola cosa: escuchad.
