Terry López de la Reina nació en Valdepeñas hace 76 años, en el seno de una familia humilde dedicada al campo. “Estuve arreando cabras, ovejas y todo”, recuerda. “Nunca fui a la escuela ni nada. Mis padres no podían conmigo. En cuanto los veía dormidos me escapaba”. Con apenas ocho años, ya descubrió que le atraían los chicos. “Me gustaba mirarles los labios”, dice. Por entonces, en Valdepeñas nadie hablaba de identidad de género ni de salir del armario. “Simplemente me llamaban maricón”. Pronto, Terry comprendió que no había sitio para ella en su pueblo y, con 18 años, se marchó a Madrid. Allí, “como nadie me daba trabajo, me tuve que tirar a la calle”. Con apenas 19 años la detuvieron y pasó un año en la cárcel de Carabanchel, donde sufrió una agresión sexual.
Durante toda su vida ha ejercido la prostitución, y decidió no dar algunos pasos en su proceso de transición. “De abajo no me operé; vi lo que le pasó a una amiga que se operó y nunca quise hacerlo. Mi madre me parió así. Lo único que me hice fue el pecho, la nariz y el labio”, reconoce. Hoy, Terry vive en Madrid, aunque cuando puede ahorrar algo se escapa a Alicante, donde también tiene casa. Vive sola, acompañada de su perrita, y subsiste con una pensión no contributiva.
Hace apenas dos años sufrió una agresión que le dejó secuelas físicas y, sobre todo, miedo. “Desde entonces ya no salgo por las tardes”, cuenta. Tan solo de vez en cuando acude a la Fundación 26 de Diciembre, que desarrolla proyectos de atención e inclusión dirigidos a las personas mayores LGTBI+ y promueve el reconocimiento de su dignidad, su visibilidad y sus derechos. Allí recoge una tarjeta con la que puede hacer la compra. Cuando le preguntas si se plantea vivir en una residencia donde quizás esté mejor atendida, responde sin dudar: “Ah, no, no; me gusta la libertad”.
La historia de Terry ilustra la de muchas personas trans de su generación. Una generación marcada por la expulsión de sus hogares, la violencia institucional y un mercado laboral que durante décadas les cerró las puertas. Víctor Mora, historiador, profesor de la Universidad Carlos III y responsable de Formación e Investigación de la Fundación 26 de Diciembre, explica así la precariedad con la que muchas personas trans envejecen. “Quienes hicieron la transición en los años setenta u ochenta y desafiaron el binarismo de género cuando era mucho más difícil tuvieron enormes obstáculos para acceder a una vida laboral regular. Muchas terminaron dedicándose al trabajo sexual y, como nunca fue reconocido como un trabajo, hoy llegan a la jubilación con pensiones no contributivas. Y eso condiciona toda la vejez”, resume Mora.
Los datos ayudan a dimensionar esa realidad. Según el informe Mayores LGTBI: Historia, lucha y memoria, realizado en 2019 —el último publicado hasta la fecha— por la Federación Estatal LGTBI+, el 72% de las personas trans que participaron en él aseguraron que vivían en riesgo de pobreza severa. “La T es la letra del colectivo que más dificultades tiene”, matiza Víctor Mora. “Es cierto que afronta problemas muy particulares, asociados a un mundo brutalmente binarizado”. Aunque, para tener una visión más amplia de su realidad, conviene añadir otro dato: los síntomas de ansiedad o depresión afectan al 32% de las personas LGTBI+ mayores de 65 años, especialmente a las mujeres cis y las mujeres trans, como también asegura el informe. Una proporción que, por cierto, triplica la registrada en la población general de esa misma edad.
Mora se fija, además, en otra cifra. “Solo un 4% hace uso de los recursos públicos”, explica, “y un recurso público es el centro de salud del barrio o el médico. Es muy grave. Puede deberse a que has vivido tantas experiencias de violencia que temes no tener fuerzas para enfrentarte a otra. Que te malgeneren, que te ridiculicen o que te culpabilicen por pertenecer al colectivo. Al final evalúas la situación, aunque sea de forma inconsciente, y piensas: ‘Mejor no voy’. O incluso llegas a creer que esos recursos no son para ti, que no los mereces”. Para el investigador, esa desconfianza explica también el papel que desempeñan entidades como la Fundación 26 de Diciembre, donde muchas personas encuentran un espacio al que acudir cuando las instituciones dejan de percibirse como un lugar seguro.
Un espacio donde combatir el edadismo —“existe para todo el mundo y funciona de manera estructural, y también produce rechazo dentro del propio colectivo”— y donde hacer frente a esa soledad no deseada que parece, desgraciadamente, el mal común del envejecimiento. En el colectivo LGTBI+, sin embargo, esa soledad presenta matices propios y “tiene que ver con cómo entendemos la familia y las relaciones”, como señala Mora. Pero, a su juicio, esa no es la única singularidad del envejecimiento LGTBI+. El activista considera que el colectivo ha vivido durante décadas centrado en la conquista de derechos, relegando a un segundo plano la reflexión sobre cómo sería envejecer. “Siempre hemos estado muy condicionados por un activismo de urgencia. Siempre había algo urgente: despenalizar, conseguir una ley, conquistar un derecho… Hemos estado muy enfocados en eso y se nos olvidó que, como colectivo cuya conciencia es relativamente reciente, también íbamos a envejecer”.
¿Salir del armario o mostrarse en una vitrina?
Si hay una imagen que ha simbolizado el envejecimiento LGTBI+ en los últimos tiempos, es la de quienes, al ingresar en una residencia, vuelven al armario. La película Maspalomas contribuyó a situar esa realidad en el debate público. Víctor Mora afirma que en la Fundación 26 de Diciembre conocen desde hace años historias de personas que, al llegar a estos centros, han sentido la necesidad de ocultar de nuevo quiénes eran. Pero advierte de que ese relato no siempre sirve para explicar la experiencia de las personas trans. “Una mujer me dijo una vez una frase que nunca he olvidado: ‘Yo no tengo armario, estoy en una vitrina’”. Aquellas palabras, recuerda, le hicieron comprender que el armario también puede ser “un privilegio cuando necesitas esconderte para sobrevivir; muchas mujeres trans nunca tuvieron esa posibilidad”.
En una entrevista concedida a La Vanguardia, la histórica activista Mar Cambrollé, presidenta de la Federación Plataforma Trans, se refería a ese hecho hablando de la “visibilidad inevitable” que marcó a buena parte de su generación. “Un hombre gay podía ocultarlo y una mujer lesbiana también. Salvo, claro, aquellas maricas con una expresión de género no normativa, que muchas veces corrieron el mismo destino que las personas trans”. Una imposibilidad de pasar desapercibidas que hizo que muchas soportaran una represión especialmente intensa durante el franquismo y la Transición. Cambrollé apuntaba a ello, pero, a la vez, dejaba algo claro: “No es victimismo”.
“Cada semana recibimos varias peticiones para entrevistar a personas mayores LGTBI y casi todas buscan lo mismo: el sufrimiento. Parece que solo somos reconocibles por esa cuestión, que cuando quieren un testimonio no quieren el testimonio de una vida, sino el del abuelito que ha sufrido mucho porque ha sido muy rechazado”, resume el historiador, quien cree que reducir toda una generación a ese único relato también es una forma de invisibilizarla. Por eso, la Fundación 26 de Diciembre creó el Archivo de Memorias Afectivas, un proyecto que recupera las historias de afecto, comunidad y reparación. “Tenemos que desvincularnos un poco de estar permanentemente en la herida, la herida, la herida”, afirma. Y es que “la mayoría de las historias que tenemos son de reconexión con la comunidad, de reparación de la propia vida”.
Mora cree que ese cambio de mirada empieza a percibirse también dentro del propio colectivo. Lo constata cada año durante la manifestación estatal del Orgullo en Madrid. “Cuando pasan las personas mayores con la pancarta de la Fundación, reciben muchísimos aplausos. Se sienten muy queridas”, cuenta. “Creo que empieza a haber cierta reconciliación con las personas mayores”.
Sin olvidar que, como asegura Mar Cambrollé, “las discriminaciones que no se nombran son difíciles de combatir”, esa reivindicación de una vida que fue mucho más que sufrimiento es la idea en la que más insiste Terry López de la Reina. Habla de miedo, de soledad, de precariedad y de la necesidad de seguir siendo libre pese a las limitaciones. Pero también reivindica todo lo vivido: “He disfrutado mucho la vida. Volvería a vivir igual”
