Katmandú Nepal lleva varios días en la primera línea del panorama mediático por la trágica riada que sufrió el 26 de agosto y que ya se ha cobrado la vida de más de mil personas, aunque la cifra de desaparecidos supera los 4.000. Casi un año antes, el país asiático también rompió la invisible barrera informativa que separa Oriente de Occidente por las sangrientas protestas contra la corrupción sistémica encabezadas por la Generación Z que se saldaron con 75 víctimas mortales y que desembocaron en un nuevo ciclo político con la investidura de Balendra Shah como primer ministro el pasado mes de marzo. Del mismo modo, también llegaron noticias de Nepal a los informativos de los países de nuestro entorno cuando en 2015 varios terremotos sacudieron la región, o cuando en 2001 la mayor parte de la familia real fue asesinada, supuestamente, por el hijo del rey.
Sin embargo, detrás de los desastres y los titulares llamativos, subyace la realidad de un país con una compleja diversidad, y que se encuentra en un proceso de transformación con horizonte incierto. La tarea de la reconstrucción se suma a la pila de objetivos pendientes que afronta el nuevo y joven ejecutivo. Entre ellos, el de modernizar la economía de un país empobrecido cuyo PIB depende en un 30% de las remesas enviadas a casa por los emigrantes, y el de acabar con el clientelismo que terminó por desatar la cólera del pueblo nepalí hace un año. También, el de mejorar las condiciones de las minorías en un país en el que el sistema de castas fue legalmente abolido en 1963, pero cuya permeabilidad en las relaciones sociales no ha terminado de desaparecer por completo. Aunque, en este último campo, Nepal es una de las naciones más avanzadas de su región.
El Tribunal Supremo nepalí ordenó en junio de este año establecer la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero, antes de eso, en 2007, Nepal fue el primer país del sur de Asia en reconocer de manera oficial a las minorías sexuales, y en incorporar un tercer género en los documentos legales de sus ciudadanos. La sentencia del Supremo fue emitida tras una demanda presentada por varias asociaciones de activismo LGTB, y por Sunil Babu Pant, el primer parlamentario abiertamente gay en la historia de Nepal. Y el texto argumentaba que la decisión estaba fundamentada en la cultura ancestral de Nepal, fuertemente influenciada por la religión. Es decir: al contrario de lo que sucede, por ejemplo, con el cristianismo, el hinduismo fue gran parte de la base sobre la que se asentaba la aceptación legal de las personas transexuales o no binarias. No fue una importación moderna, sino que, de hecho, los derechos del colectivo LGTB disminuyeron cuando, en el siglo XIX, Nepal adoptó, espoleado por la influencia británica que no invadió pero rodeó el país, un código legal victoriano alejado de sus costumbres y su cultura.
Fundamentación religiosa
En el hinduismo existe un concepto llamado “tritriya prakriti”, que significa “tercera naturaleza”, y en los templos de esta religión pueden verse muchas representaciones divinas que son mitad hombre y mitad mujer, como Ardhanarishvara, una manifestación de Shiva. Del mismo modo, hay textos milenarios, como el Kamasutra, que hablan de la ambigüedad sexual. Los umbrales, los límites, son poderosos en el hinduismo. En Nepal, y en otros países del sur de Asia, existen términos autóctonos para definir a personas con una identidad sexual no normativas. Como la comunidad “mijra” o las “meti”, cuyo equivalente más cercano en Occidente estaría en las personas queer, y que frecuentemente participan en rituales religiosos como la bendición de recién nacidos, algo que ilustra su posición casi sagrada.
Sin embargo, hay una clara disonancia entre la base religiosa y el reconocimiento legal, y la aceptación social de las personas queer. Según un estudio publicado en 2023 por Naciones Unidas, el 81% de los nepalíes entrevistados declararon haber sufrido violencia por su identidad sexual a lo largo de su vida, una realidad que las asociaciones de activismo LGTB de Nepal observan a diario. Entre ellas, Blue Diamond Society, con base en Katmandú es, probablemente, la de mayor alcance. Fue uno de los organismos que presentó la demanda previa a la sentencia del Tribunal Supremo en 2007.
La evolución del lenguaje
Angel Laura es una mujer trans y coordinadora de programas de la asociación. Y, aunque la explicación religiosa del “tercer género” es un hecho innegable, ella considera que esta percepción debe superarse. “Veo a las personas trans como gente que está tratando se sobrevivir como cualquier otro ser humano, más que como un ser divino. Hemos visto en la historia que las mujeres han sido adoradas, las vacas han sido adoradas, los ríos han sido adorados. Todo lo que ha sido adorado ha sido degradado por los seres humanos”, explica. Y habla desde la experiencia personal: “Yo tuve que litigar cinco años en el juzgado para ser legalmente una mujer, y no querría que nadie pasara por algo así. Así que, más que como seres sagrados, preferiría que nos vieran como a seres humanos, igual que las personas CIS, personas que intentamos hacer nuestra vida”.
De hecho, en su opinión, aunque la incorporación del “tercer género” en los documentos legales se consideró un logro importante para la comunidad LGTB en su momento, es un término ya superado: “Creo que el concepto ‘tercer género’ debería ser revisado, porque creo que viene desde un punto de vista muy misógino. Porque, entonces las mujeres eran consideradas el segundo género, y las personas que no son ni hombre ni mujer son consideradas tercer género. Esto pone los géneros en una carrera: quién es primero, quién es segundo, quién es tercero…”. Y no se trata de una reflexión puramente ideológica, sino que tiene sus consecuencias en el día a día: “No querría ese sello en mis documentos legales, porque puedo afrontar acoso y asaltos en países donde no soy bien recibida. Limitaría mis oportunidades de viajar, mi educación y mi libertad”, asegura.
La lucha, también en las instituciones
Pero, si estos avances legales han sucedido, ¿qué es lo más urgente para la comunidad LGTB en Nepal? Según Pretti Peter, directora de programas de Blue Diamond Society, la representación política es por donde pasan la mayoría de las opciones para que los derechos sigan aumentando: “Crear nuestros propios espacios en la política y el Gobierno sería un gran logro. Si estamos ahí, las políticas saldrán, la narrativa de la discriminación será positiva”. Y aunque a un ritmo pausado, esto ya está sucediendo: tras su investidura, Balendra Shah incorporó a Sita Badi a su gabinete como ministra de minorías sexuales, entre otras carteras. Badi es, además, de la casta conocida como “intocable”, la más baja de todas. Por otro lado, al inicio de la legislatura, Bhumika Shrestha se convirtió en la primera parlamentaria trans en la historia de Nepal.
Y mientras la batalla sigue librándose en el Parlamento, las asociaciones continúan su lucha en la sociedad civil. Llevando a cabo, además, la labor de dar cobijo a los que son expulsados de sus hogares por su condición sexual, un extremo que confirma Pretti Peter: “Si no estuviese aquí, tendría problemas de salud mental e incluso pensaría en el suicidio. Porque cuando entré aquí, conecté mi historia con la de otras personas, y encontré mi verdadera identidad. Esa es la fortaleza de este lugar, es nuestro segundo hogar”.
