Según la Organización Internacional de Gays y Lesbianas (ILGA por su sigla en inglés) al día de hoy 63 países criminalizan la homosexualidad en el mundo por ley y 2 de hecho. Un hecho que no es novedad, pero que en un contexto de crecientes discursos de ultraderecha estigmatizando a las personas LGBTIQ+ cobra mayor relevancia la lucha contra la persecución y las políticas represivas de los Estados.
Farah es joven, tiene 21 años y es oriunda de Marruecos. Es lesbiana y pidió a la prensa que solo se conozca su nombre de pila por miedo a que la ubiquen y tomen represalias. En Marruecos los actos homosexuales están penados por ley, según el Código Penal puede implicar pirisón de seis meses a tres años y una multa para quienes “comentan un acto de desviación sexual con una persona de su mismo sexo, salvo que el hecho constituya un delito más grave”.
Una política que cala en la vida cotidiana legitimando desde el propio Estado la violencia social y la discriminación que cotidianamente viven las personas LGBTIQ+, por eso su deportación desde Estados Unidos hacia otro país con leyes similares genera impacto. La noticia fue difundida por la Associated Press, Farah contó que al enterarse su familia en Marruecos que tenía una relación con otra chica sufrió una golpiza, la echaron de su casa y terminó huyendo con su pareja a otra ciudad. También denunció que su familia la encontró e intentó asesinarla.
Huída del país y pedido de asilo en EE. UU.
A través de un amigo supieron de la posibilidad de obtener visas para Brasil. Así fue que decidieron volar hacia dicho país con el objetivo de luego ir para Estados Unidos donde tenían amigos. Fueron a pie desde Brasil hasta llegar a la frontera de Estados Unidos donde pidieron asilo.
“Cuando llegamos, pareció como si hubiera valido la pena el esfuerzo y como si hubiéramos alcanzado nuestro objetivo” sostuvo Farah. Cuenta que llegaron a principios de 2025, que estuvo detenida durante casi un año primero en Arizona y luego en Luisiana pasando situaciones de mucho frío y sin atención médica adecuada para finalmente negarle el asilo.
Un fiel retrato de las denuncias contra ICE, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, que en todo el país y en especial desde Minnesota se hacen eco en el mundo, mostrando la brutalidad de Trump contra la población inmigrante. Mientras los discursos sobre la defensa de “los valores occidentales” cobran más peso entre las ultraderechas, en el país liderado por Trump ICE asesinó durante enero a quemarropa a ciudadanos estadounidenses como el enfermero Alex Pretti o a Renee Nicole Good, en pareja con otra mujer con quien criaba a un hijo de seis años. Una situación que desencadenó grandes huelgas, masivas movilizaciones y miles organizándose desde abajo en escuelas, lugares de trabajo y barrios para echar a ICE de todos lados.
La historia de Farah no terminó ahí, en agosto recibió una orden de protección de un juez de inmigración, que determinó que no podía ser deportada a Marruecos por lo obvio: su vida correría peligro. No tuvo la misma suerte su pareja a quien le negaron el asilo, una orden de protección y terminó siendo deportada. A pesar de la orden judicial que obtuvo, tres días antes de una audiencia sobre su liberación, agentes del ICE esposan a Farah y la suben a un avión con destino a Camerún. Ella nunca había visitado ese país, uno que al igual que Marruecos penaliza la homosexualidad.
El Código Penal de Camerún establece que cualquier persona que sostenga relaciones sexuales con alguien del mismo sexo, podrá recibir una pena de prisión que va de los seis meses a los cinco años de cárcel, además de una multa. Allí fue detenida y le consultaron si pretendía quedarse en el país, cosa que rechazó porque implicaba “arriesgar mi vida en un lugar donde seguiría estando en peligro”, por lo que terminó siendo trasladada a Marruecos, el destino que inicialmente la justicia estadounidense planteó implicaba un peligro.
Al parecer, la práctica de deportación a terceros países, sería un modus operandi cada vez más común en Estados Unidos a modo de presión completamente “ilegal” contra la población inmigrante y hasta sectores que piden asilo por motivos como la discriminación o causas que ponen en riesgo sus vidas. Se calcula que el centro donde estuvo Farah retenida actualmente alberga a 15 deportados de varios países africanos, ninguno camerunés y varios contando con órdenes de protección judiciales, según el abogado Joseph Awah Fru quien los representa.
“Al deportarlos a Camerún y no darles ninguna oportunidad de impugnar el envío a un país cuyo gobierno esperaba devolverlos discretamente a los mismos países donde enfrentan un grave peligro, Estados Unidos no solo violó su derecho al debido proceso, sino también nuestras propias leyes migratorias, nuestras obligaciones en virtud de tratados internacionales e incluso los propios procedimientos del DHS (Departamento de Seguridad Nacional)”, sostuvo Alma David, abogada de inmigración. Según la información, Camerún es uno de al menos siete países africanos que recibieron ciudadanos deportados oriundos de terceros países deportados en un acuerdo con Estados Unidos. Los otros países son Sudán del Sur, Ruanda, Uganda, Esuatini, Ghana y Guinea Ecuatorial.
El doble discurso del homonacionalismo y los “valores occidentales”
Uno de los argumentos que sectores de las derechas y las ultraderechas vienen utilizando en su beneficio los últimos años, consiste en la demonización de Estados, centralmente de medio oriente, que persiguen a la diversidad sexual en nombre de la tolerancia y su, supuesto, respeto por los derechos democráticos de las personas LGBTIQ+. Una operación que se para sobre el discurso liberal de los derechos de la diversidad sexual para, aparentando progresismo, estigmatizar países y nacionalidades enteras.
Bajo esta narrativa el Estado de Israel, con Netanyahu a la cabeza, justifica el genocidio en Palestina, contraponiendo a “Tel Aviv” como la capital de la inclusión y tolerancia, con su tan promovido festival turístico en cada “pride”. Aunque le pongan banderas del orgullo a los tanques, los misiles y el armamento israelí no distinguen si las muertes palestinas son de mujeres, niñes o personas LGBTIQ+, matan sin discriminar.
Hace 10 años, cuando sucedió la masacre de Orlando, un atentado a un boliche LGBTIQ+ en Florida, Trump aprovechó la situación para prohibir la entrada de musulmanes a Estados Unidos. Un discurso que busca dialogar con la defensa de “occidente” y sus “valores”, conceptos que abren la puerta a una verdadera ensalada donde entran desde el patoterismo imperialista de Trump y el supremacismo blanco hasta la tolerancia y el respeto a la diversidad sexual.
Hoy sus propias bandas armadas para el control de inmigración son las que asesinan a ciudadanas estadounidenses LGBTIQ+ en plena calle y a quemarropa. Hoy en nombre del “America First”, con tal de imponer el terror interno en Estados Unidos, inmigrantes LGBTIQ+ sufren deportaciones a países donde nuestra mera existencia está contemplada en un Código Penal. La propia realidad desmiente cada versión de Trump.
Por una vía u otra, se trata de discursos reaccionarios con los que las derechas buscan dividir a las amplias mayorías, generar resquemores y pánicos, dando argumentos que funcionen como una explicación, un “alivio” fácil ante los malestares y descontentos provocados por el crecimiento de la miseria, la desigualdad, las consecuencias de las guerras y las políticas de ajuste. Por eso, son tan importantes ejemplos como los de Minnesota, donde desde abajo miles y miles muestran la posibilidad de organizarse, sea una maestra que busca garantizar que una hija de inmigrantes llegue sana y salva a su casa, o sea para impulsar una movilización masiva y una huelga que paralice una ciudad entera para enfrentar decididamente a la ultraderecha atravesada por múltiples contradicciones con los métodos que más temen.
